El proceso tiene una orientación estratégica y se organiza a partir de objetivos específicos, definidos en conjunto con cada persona. Desde allí, las intervenciones pueden abordar distintos niveles de la experiencia, buscando comprender y movilizar aquello que resulta significativo para favorecer cambios profundos y sostenibles.
Cada dificultad se comprende dentro de un contexto y de una manera particular de organizar y habitar la experiencia, vinculada también con una historia personal, familiar, ancestral y social. Cuando distintos aspectos de nuestra vida se tensionan, polarizan o fragmentan, pueden aparecer el sufrimiento, la confusión o el estancamiento. Al mismo tiempo, esas experiencias pueden ser una señal de que algo necesita ser comprendido, integrado o transformado: un momento semilla que contiene nuevas posibilidades de desarrollo.
Por eso, el proceso no busca solamente aliviar aquello que genera malestar. Busca también comprender qué lo sostiene, reconocer los recursos que ya están disponibles y desarrollar aquellos que necesitan desplegarse para avanzar hacia una experiencia de mayor bienestar, autonomía y coherencia.
En este recorrido se entrelazan los tres movimientos que orientan nuestra manera de comprender la transformación: hacia el interior, hacia la vida y a través de las transiciones. Juntos permiten que aquello que se comprende e integra pueda expresarse también en la manera de vivir, elegir, vincularse, crear y participar en el mundo.